I feel good

¿HERO?

Amaneció y allí estaba nuestro héroe deseando serlo.

-A partir de hoy… -dijo.

Pero el día acabó y otra noche llegó y nuevamente en su cama se encontró.

–Mañana un nuevo día será y otra oportunidad tendré para ser el héroe que siempre he querido ser. –Pensó un poco antes de quedarse dormido.

Nuestro héroe, que no lo es, escucha entre sueños una canción, apenas audible, que se repite cada cinco segundos. I feel good suena un poco más fuerte cada vez, hasta que nuestro héroe que no lo es, toma conciencia, sabe que son las cinco cincuenta de la madrugada, gira hacia la pared, extiende su brazo derecho para encontrar, a tientas, aquel dispositivo acosador que todas las noches coloca sobre el buró. El reloj… El control del televisor… El control del cable… -sigue tentando aun con los ojos cerrados. Mete los dedos al cenicero, se limpia en la colcha y continúa su búsqueda. Por fin, encuentra su teléfono celular, lo toma y abre los ojos, apenas lo suficiente para distinguir la imagen que atraviesa difusamente sus pestañas, desliza su dedo pulgar de manera magistral a la derecha de la pantalla touch, justo en el centro de la parte inferior de ella y en un segundo le ha callado de golpe a James Brown. Cierra los ojos nuevamente, se gira hacia el centro del colchón y en un instante se encuentra roncando otra vez.

Como todos sabemos, James Brown no es un tipo fácil de domar y nuevamente, de manera ascendente, comienza a sonar, repitiéndose siempre la misma estrofa:

 

Whooooau! I feel good, I knew that I would, now

I feel good, I knew that I would, now

So good, so good, I got you…

 

-¡Me lleva! Son las seis.

Gira hacia la pared y su brazo derecho, como autómata programado, comienza su trayecto hacia el buró. Pero nuestro héroe, que no lo es, lo interrumpe a mitad del camino, atrayéndolo hacia su pierna, mientras se incorpora. Avienta las cobijas fuera de él. Se sienta, toma su teléfono, esta vez muy valiente, y le cierra la boca a Brown.

–Fue suficiente por hoy.

Se levanta y comienza a caminar a gallo, gallina, siguiendo el contorno de la cama, para no tropezar, hasta llegar a la puerta, que siempre deja abierta, donde, también a tientas, encuentra el botón para encender la luz y lo acciona.

Se dirige al baño, levanta la tapa, levanta el asiento, y se deshace de la leche que bebió antes de dormir y mientras ve cómo lo blanco se convirtió en amarillo, se dice a sí mismo:

-Llegó el día. A partir de hoy seré el héroe que siempre he querido ser.

Oprime el botón del escusado, baja el asiento, baja la tapa y apaga la luz.

El día acabó y otra noche comenzó y nuevamente a su cama llegó. Se cubre hasta el cuello con las cobijas, gira hacia el centro de la cama, empuja sus rodillas hacia la barriga, pasa el brazo derecho por debajo de la almohada y antes de cerrar los ojos se pregunta en silencio:

-¿Por qué no soy el héroe que siempre he querido ser?

Cierra los ojos y duerme.

*****

James Brown termina de cantar, devuelve el micrófono al pedestal, agradece los aplausos y levanta el brazo con el puño cerrado (como lo levantan los pugilistas que resultan triunfantes después de una pelea), baja del escenario y se dirige a la mesa donde se encuentra bebiendo una cerveza nuestro héroe, que no lo es.

–¿Me puedo sentar?

Pregunta James, con voz rasposa, hechicera y grave, sin ánimo de esperar respuesta y sonríe. Su dentadura es tan basta y blanca, que casi lastima la vista como la nieve de Bariloche. Toma el banco, lo jala y lo gira, poniendo las patas delanteras hacia él, se sienta, saca un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón, seca el sudor de su cara, deposita sus gafas oscuras en el bolsillo exterior de su blazer azul, cruza sus brazos y los pone sobre el canto superior del respaldo, dejando ver su pecho desnudo y le pregunta sin rodeos:

-¿Por qué no eres el héroe que siempre has deseado ser? Pregunta James, sosteniendo el pañuelo con la mano derecha. Como si en ese pedazo de tela se encontraran todas las respuestas resumidas en sudor.

Extasiado por el privilegio de tener en la mesa a una leyenda viviente, con voz cortada, le responde:

–No lo sé. Por miedo ¿tal vez?

-¿Qué te da miedo?

–No lo sé, el fracaso ¿tal vez?

-Si te da miedo el fracaso significa que no lo has vivido, y si no lo has vivido, significa que eres una persona exitosa ¿cierto?

–No, no lo soy. No soy exitoso.

–Vaya, vaya.

James se acaricia la barbilla, ladea un poco la cabeza y dice:

-Si no eres exitoso, entonces eres un fracasado ¿no es así?

–Sí, así es. Efectivamente, soy un fracasado.

–No deseo filosofar, pero… si eres un fracasado ¿por qué te da miedo fracasar?

James mueve la cabeza de un lado a otro, demostrando rechazo hacia los argumentos de nuestro héroe, que no lo es, hace un chasquido con la lengua y dice:

–Tú no le temes al fracaso, porque ¿sabes? no se le teme a lo que se conoce. Los peligros desconocidos son los que inspiran más temor. Recuerdo que en mi primer salto en paracaídas tuve menos miedo que en el segundo. Sabes a lo que me refiero ¿verdad? -dice y pasa la lengua por sus labios, como saboreando lo que está a punto de decir, acerca su cara a la de nuestro héroe, que no lo es y con voz baja exhala:

-El fracaso es un monstruo tan visto que ya no espanta. A lo que en verdad le temes es a…

La multitud comenzó a levantarse, aplaudir y gritar cuando la batería, el sax y la trompeta, se dejaron escuchar de nuevo en el “LaBelle”.

–Discúlpame tengo que continuar.

James se levanta, guarda su pañuelo en el bolsillo trasero del pantalón y otra vez, casi lo lastima con su dentadura, gira el banco poniéndolo en su posición original, corre al escenario, sube la escalera, se aproxima impávido hacia el pedestal, toma el micrófono, sacude su melena y comienza a cantar:

 

Whooooau! I feel good, I knew that I would, now

I feel good, I knew that I would, now

So good, so good, I got you…

__________________________

César Dabián
Twitter: @CesarDabian
Facebook: CesarDabian

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