El aprendizaje vale más que el dinero

Tras graduarse en el Politécnico de Zurich en 1900, Albert Einstein, de 21 años de edad advirtió las pocas probabilidades que tenía de ser profesor, dado el bajo rendimiento que demostró en sus calificaciones escolares. Sin embargo, lejos de la universidad, obtendría la paz que necesitaba para la auto-preparación, y dedicarse a resolver problemas de física con los que había adquirido cierta obsesión. Sin embargo, tendría que ganarse la vida mientras eso sucedía. Su padre le consiguió un empleo en la fábrica de turbinas donde él trabajaba, pero Einstein sabía que esa tarea era ardua y le absorbería casi la totalidad de su tiempo. Lo rechazó. Pero cuando un amigo le platicó sobre una vacante en la Oficina Suiza de Patentes que no ofrecía un sueldo alto, que el rango era más bien bajo y que lidiaría con los trámites de solicitud para realizar las patentes, Einstein de inmediato aceptó. Ese puesto le brindó la posibilidad de enfrentarse cara a cara con ideas novedosas, analizarlas de pies a cabeza y verlas transformarse en inventos. Con el tiempo desarrolló la habilidad de hacer su trabajo en tan sólo un par de horas y así, obtener el tiempo necesario para sumergirse en sus proyectos. Un par de años después publicaría su primera teoría de la relatividad, que gran parte elaboró en su escritorio de la Oficina de Patentes.

Eso mismo hice yo. Después de haber quebrado abandonado mi penúltima empresa, que comercializaba motocicletas de distintas marcas, desde chinas hasta japonesas, alemanas e italianas, donde los ingresos mensuales eran números de seis dígitos, me encontraba, en el año 2003, con sólo doscientos pesos, (unos 15 dólares americanos) en mi cartera, como mi capital total, sentado en un escritorio que mi hermano mayor me prestó, dentro de una oficina de 30 m2 que compartíamos 4 personas. Una de esas personas, Luis, propietario de una empresa que brinda servicios de seguridad, le comentaba a mi hermano sobre la urgencia que tenía por contratar a un chofer para conducir, como vigía, detrás de un trailer que transportaba telas desde Puebla hasta Texas USA. Tras escuchar el comentario me ofrecí para cubrir la vacante. Tenía VISA, pasaporte, licencia y estaba dispuesto a trabajar de inmediato. En la madrugada de ese día me encontraba conduciendo, detrás de un trailer con destino a la ciudad de Texas. Ganaba poco, pero suficiente para mudarme del cuarto que me brindó mi hermano mayor Osain, a una pequeña casa, pagar los servicios y alimento. El viaje lo realizábamos casi sin parar, sólo nos deteníamos para comer e ir al baño. Por cierto, tuve que desprenderme, o es mejor decir, liberarme del ego, para aceptar, después de ser el “gran” empresario, ser el custodio, sin arma, de un trailer de telas, comer en los paraderos de la orilla de la carretera y pedir siempre Nescafé con enchiladas.

El viaje duraba casi 3 días, en los que aprovechaba las dos madrugadas que me tocaban para pensar, pensar, pensar, pensar… y refinar lo que construía mentalmente, trabajar sólo tres días, significa que podía dedicarle el resto de la semana a realizar mi proyecto que mentalmente construí en el camino, durante miles de kilómetros y millones de líneas divisorias: el simulador de negocios Emprendiendo que hoy es una realidad, además de ser considerado el más vendido de América Latina y que te comparto aquí.

Por último quiero comentarte que hoy, después de 11 años, prefiero conducir grandes distancias a viajar en avión y aún me detengo en los restaurantes de carretera, allí donde los traileros comen, para disfrutar de unas deliciosas enchiladas en compañía de mi esposa y colaboradores cercanos.

Gracias Luis, gracias Osain y Gracias Viri, sin ustedes Emprendiendo no existiría.

Gracias a ti por leerme. Espero que este pequeño texto sea utilidad.

Con cariño,

@cesardabian

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