OBSOLESCENCIA PROGRAMADA. Comprar, Tirar, Comprar.

«El mundo es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero siempre será demasiado pequeño para la avaricia de unos pocos».

-Mahatma Gandhi.

 

Se denomina obsolescencia programada u obsolescencia planificada a la determinación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio, de modo tal que tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante o por la empresa durante la fase de diseño de dicho producto o servicio, éste se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible, en pocas palabras ocurre el ciclo; comprar, tirar, comprar.

Los orígenes del término datan desde el año 1932, cuando Bernard London proponía terminar con la gran depresión lucrando a costa de la sociedad a través de la obsolescencia planificada y obligada por ley (aunque nunca se llevase a cabo). Sin embargo, el término fue popularizado por primera vez en 1954 por Brooks Stevens, diseñador industrial estadounidense. Stevens tenía previsto dar una conferencia de publicidad en Minneapolis en ese mismo año y la llamó de esa manera.

Los romanos construyeron puentes que, dos mil años después, siguen ahí. Y en la localidad de Livermore (California) funciona una bombilla que ilumina un cuartel de bomberos desde 1901. Sin embargo, en general, el engranaje industrial desarrolla equipos de electrónica de consumo, móviles y otros aparatos con una vida tan fugaz que ni deja rastro en nuestra memoria. Se hacen perecederos al poco de nacer.

Diseñados para tener una vida corta, frecuentemente ni siquiera tienen una segunda oportunidad tras dejar de funcionar. Desaparecen los servicios de reparación (o es muy complicado acudir e ellos), lo que refuerza una concepción basada en la idea de usar y tirar. En la vida cotidiana, apenas se habla de reparar, reponer o reutilizar ante unas pautas que hacen que todo sea rápidamente viejo y fugaz.

Pero acortar el ciclo de vida comporta un agotamiento de recursos naturales, derroche de energía y una producción de desechos imparable.

La caducidad planificada caracteriza nuestro modelo económico, y forma parte medular de él. Ha sido históricamente la palanca que ha activado la compra y el crédito. “La obsolescencia programada surgió a la vez que la producción en serie y la sociedad de consumo”, sostiene Cosima Dannoritzer , directora del documental “Comprar, arrojar, comprar”, producido por Mediapro.

 La bombilla  que comentamos al inicio del artículo es tal vez el primer exponente del deliberado acortamiento de la vida de un producto de consumo.

En 1924 se creó el cártel de “Phoebus”, integrado por diversas compañías eléctricas, con la finalidad de intercambiar patentes, controlar la producción y reorientar el consumo. Se trataba de que los consumidores compraran bombilla con mucha frecuencia. El resultado de esta actividad es que en pocos años la duración de las bombillas pasó de 2.500 horas a 1.500 horas.

El cártel incluso multaba a los fabricantes que se salían del camino. El asunto dio lugar en 1942 a una denuncia del gobierno de EE.UU. contra General Electric y sus socios pero, pese a la sentencia, las bombillas corrientes siguieron funcionando una media de 1.000 horas.

Como otros ejemplos de obsolescencia podemos citar a los autos, las medias, los móviles, televisores, electrodomésticos, ropa (Por ejemplo los colores, las formas y los materiales que denotan la temporada de su  adquisición), medicamentos (La mayoría de medicamentos contiene componentes químicos cuya vida útil es limitada, sin embargo, algunos laboratorios reducen la fecha de caducidad de los fármacos que producen con el fin de obtener mayores ganancias en el rentable negocio de la salud, ocasionando que los pacientes desechen los medicamentos supuestamente vencidos para adquirir otros nuevos.

En el caso de los electrodomésticos y tecnología en general suele ser el siguiente: uno de los aparatos electrónicos de uso habitual falla. Cuando el dueño lo lleva a reparar, en el servicio técnico (si es que existe) le dicen que resulta más rentable comprar uno nuevo que arreglarlo.

Generalmente el precio de la mano de obra, las piezas dañadas y el montaje suelen costar un poco más que adquirir uno nuevo. Por ello normalmente el usuario suele desechar el producto  y comprar uno nuevo. Esto ocurre en algunos componentes digitales de la computadora tales como la impresora, las unidades de disco óptico, los monitores LCD ó LED, la tarjeta madre o el mismo microprocesador. Afortunadamente no ocurre así con los monitores CRT, bocinas, equipos de audio y vídeo como el reproductor de DVD, televisores, radios, deck de cassette, y equipos de sonido, todos ellos -la gran mayoría analógicos- son reparables.

El problema se basa en la gran cantidad de residuos que se originan actualmente al realizarse este fenómeno una y otra vez, cada día, en todo el mundo. En el orbe hay más de 7,000,000,000 de habitantes, y el número continúa creciendo: hay un aumento poblacional de 210,000 personas por día. La generación diaria promedio de basura «per cápita» es de 1 kg: alrededor del mundo, en tan sólo un día se generan 7,000,000,000 kg de desechos.

Una vasta cantidad de éstos no son biodegradables, y el tiempo que transcurre hasta que se considere que ha ocurrido descomposición, al menos parcial, puede ser muy prolongado. Además muchas veces los residuos son altamente contaminantes. Esto incide negativamente tanto en la integridad del entorno como en la salud de sus habitantes, así que cabría analizar el alto costo que esto tiene al momento de adquirir modas como necesidades. El costo real de tu nuevo teléfono, o televisor no es lo que pagas con tu efectivo o tarjeta de crédito, el verdadero costo es el deterioro de nuestro planeta y por ende de nuestra supervivencia. Piensa antes de consumir, consume inteligentemente.

Emprendiendo.

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