BioEmprendedoras: Helena Rubinstein. La emperatriz de la belleza

Esta mujer emprendedora creó un gran imperio de la belleza hace un siglo, compitiendo en el negocio con su gran rival Elizabeth Arden. Incansable para el trabajo, visionaria para los negocios, Helena Rubinstein logró cumplir un sueño: dejar un importante legado con sus productos de belleza a todas las mujeres del mundo. Nació un día de Navidad de 1872, siendo la mayor de las siete hijas de una familia judía del guetto de Cracovia (Polonia).

Sus inicios

Con sólo 20 años, Helena se embarca camino de la lejana Australia, iba a vivir con un tío materno en una granja de ovejas de un pequeño pueblo. Cansada de sus tareas cotidianas, le ofrece su ayuda al boticario local para crear fórmulas, pociones y ungüentos, lo que además le da la posibilidad de prepararse una crema hidratante, cuya fórmula original era de los hermanos Lykusky, unos amigos de la familia de Cracovia.

Esta preparación era tan efectiva, que las mujeres le preguntaban cómo mantenía bella y tersa su piel en el árido clima australiano. La hidratante, a la que llamaron Valaze, tuvo tanto éxito que hasta le dedicaron espacio en la prensa. Y con ello no sólo consiguió publicidad, sino también marido: en 1907 se casaría con Edward Titus, uno de los periodistas que la entrevistaron sobre su “crema milagrosa”.

El comienzo del imperio

El éxito comienza a sobrepasarla, y pide ayuda a los hermanos Lykusky, quienes se habían mudado a la misma localidad. Pronto reúne el dinero necesario para abrir un centro de belleza al que llamará Valaze, como su famosa crema. Mientras una de sus hermanas se hace cargo del establecimiento, ella dedica dos años a viajar por varios países de Europa para ampliar más sus conocimientos sobre dermatología, estética, química y belleza.

Con sólo 30 años, su vida ha dado un vuelco brutal, pasando de ser una joven emigrante a una sofisticada, elegante y rica mujer de negocios, que no duda en ampliar sus horizontes y abrir un tercer centro de belleza en Paris. Allí entra en contacto directo con el mundo del arte, del que se convierte en patrona y coleccionista, una pasión que mantendrá durante el resto de su vida.

Helena Rubinstein fue la primera en darse cuenta de que había tres tipos de pieles femeninas: normal, seca y grasa, y que cada una de ellas necesitaba un tratamiento específico, de modo que además de la fabricación de su crema humectante también comenzó a elaborar luego mascarillas contra el acné, tónicos faciales, cremas de noche, maquillaje resistente al agua y productos de protección solar.

La inevitable competencia.

El inicio de la I Guerra Mundial marca el traslado de la familia a Estados Unidos, donde se vuelca en cuerpo y alma para construir un imperio industrial y financiero, teniendo que competir con otras figuras legendarias de la cosmética como Charles Revson o Elizabeth Arden. Con esta última mantuvo una dura rivalidad, aunque compartieron varias cosas, entre ellas, algunos empleados que se robaban mutuamente; ser consideradas mujeres poderosas en un tiempo donde el universo femenino no era respetado; convertir los ungüentos en productos de lujo envasados como verdaderas joyas; la pasión por las joyas de las que poseían colecciones infernales solo amenazadas por las de la propia reina de Inglaterra; dos divorcios y designar como herederas a sus respectivas sobrinas: Pat Young de Elizabeth Arden y Mala Rubinstein de Helena Rubinstein.

El fin de la emperatriz.

Su negocio seguía viento en popa e incluso resultó una de las pocas beneficiadas del crack bursátil del 29. A finales de los 50 tenía 14 fábricas de cosméticos, miles de puntos de ventas alrededor del mundo y más de 40.000 empleados. El éxito empresarial, sin embargo, no se corresponde al sentimental: se divorcia tras 19 años de matrimonio, aunque dos años más tarde se convierte en princesa gracias a su matrimonio con el príncipe georgiano Atchill Gourielli. En 1965, Helena Rubinstein muere a consecuencia de una trombosis en New York. Tenía 93 años. La encontraron en su oficina, a la que nunca había dejado de acudir.

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