El mar y una lección de vida

 Quiero contarte algo que, para mí, fue muy importante, y desde ese día, mi manera de ser, pensar y actuar se marcó para siempre.

Cuando tenía nueve años viví en un lugar maravilloso junto a mi madre Lupita A. Bussani y mi hermana Adive. Vivíamos en una casa de turistas “muy sencilla” pero con la virtuosa característica de encontrarse a la orilla de la playa del pueblo de Zihuatanejo. Todos los días, al despertar, escuchaba el oleaje del mar, con su sonido de paz, un sonido tan seductor que lo único que provocaba en mí eran las ganas de salir corriendo hasta tocarlo, hasta sentir cómo su brisa pegaba en mi cara y cómo mis pies se mojaban con sus olas que llegaban hasta la arena.

Era el niño más feliz que pudiera existir sobre la tierra, al menos, ese era mi sentir. No necesitaba de juguetes ni amigos, el mar era lo único que necesitaba para ser feliz y vivir en “plenitud”. Así transcurrieron trescientos y pico extraordinarios días; despertar cada día y acudir al llamado del mar, introduciéndome en él y saliendo sólo para comer y esperar largos noventa minutos para volver al mar, a mi mar, después de la obligada “digestión”.

El día trescientos y pico llegó, fue uno de los días más melancólicos a mis escasos nueve años de vida. Recuerdo todos los detalles de ese día. Recuerdo al gato persa, que tanto me gustaba, acostado sobre mi silla de hilitos plásticos de colores. Eran aproximadamente las ocho de la noche y recuerdo que me pregunté: ¿Por qué me tienen que separar del mar? ¿Por qué tenemos que regresar a la Ciudad de México? ¿Por qué no controlo el tiempo y alargo este momento hasta la eternidad? También recuerdo que estaba sentado en la banquetita de la casa viendo hacia el mar oscurecido y distinguiéndose las olas únicamente cuando el faro las alumbraba al regreso de cada vuelta. Recuerdo a una rana que pasaba cerca de mí y su croar. En ese momento pensé algo que cambiaría mi vida, pensé:

Hace un segundo escuché el croar de una rana, pero eso es pasado ya, el gato que estaba en mi silla ya no está, en el pasado y en mi memoria está ahora, y mañana…. todo esto que estoy viendo, sintiendo, escuchando, ¡viviendo!, será pasado también.

Allí, exactamente en ese lugar y en ese preciso momento comprendí por qué se le llama presente al ahora, aprendí a vivir el hoy y el aquí, a disfrutar al máximo no cada día ni cada hora ¡cada instante!. Es así como vivo ahora, y como te recomiendo vivir: disfrutando el presente, que es un gran regalo de  la vida.

César Dabián
Dir. Gral. Emprendiendo
Twitter: @CesarDabian
cesar@emprendiendo.mx

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